Por detrás de la puja de poder con Hugo Moyano, existe una poderosa razón que lleva el Gobierno a mostrar una creciente reticencia a rebajar el impuesto a las Ganancias: la recaudación se ha desplomado. En términos reales es decir descontada la inflación que calculan 7 provincias que no adhieren al Indec en los últimos seis meses los ingresos tributarios pasaron de crecer a un ritmo del 15% anual (noviembre del año pasado) a caer a un ritmo del 2% interanual (mayo de este año). El calculo surge de descontar la inflación inflación verdadera de la variación de la recaudación informada por la AFIP.
El resultado revela el deterioro en la capacidad de realizar política fiscal que hoy tiene el Gobierno. Esto es, sostener planes sociales, realizar obras, pagar sueldos, comprar bienes y servicios, etc. Cualquier coincidencia con los bonos a proveedores que comienzan a proliferar es pura casualidad.
Con el impuesto a las Ganancias, que Hugo Moyano ha levantado como bandera contra el Gobierno, la situación es aún menos holgada: en noviembre del año los ingresos generados por este impuesto crecían a un ritmo de casi 20% interanual en términos reales. Hoy caen al 17% anual (mayo de este año frente al mismo mes de 2011).
El problema es que cuando los zapatos aprietan, aprietan para todos por igual. El Gobierno está un momento delicado de sus finanzas. La recaudación fiscal ya no es lo que era. Pero la población también está sintiendo el peso creciente del impuesto a las Ganancias en sus bolsillos, en particular tras negociar nuevas paritarias, atadas a la inflación verdadera y sin actualización del mínimo no imponible.
En este laberinto, el Gobierno tiene por delante dos caminos: A) Rebajar el impuesto a las Ganancias. B) No hacerlo.
La primera opción implicaría en términos políticos una derrota frente al embate moyanista. Pero sería un gesto políticamente correcto con buen impacto en imagen, sobre todo ante la clase media. Pero a diferencia de otros años, esta vez el rédito no lo capitalizaría plenamente el Gobierno, sino Moyano, que se erigió como el abanderado del reclamo. Además, ello erosionaría aún más debilitadas arcas oficiales.
La segunda opción implicaría una jugada kirchnerista pura. Sostenerse firme ante los embates del camionero y cuidar la recaudación, aún a costa de un creciente descontento popular en la clase media.
Más allá de la pulseada Cristina vs Moyano la cuestión de fondo pasa porque el Gobierno nunca contempló un Plan B en materia tributaria. El gasto público fue utilizado al máximo, se acabaron los bolsones de efectivo, y con una recaudación altamente dependiente del nivel de actividad de la economía (que ahora se desacelera rápidamente) no hay dónde ir a buscar pesos.
En materia económica, uno de los pecados capitales de la Argentina y que incluye a este gobierno pero lo excede es tener un sistema tributario altamente regresivo. Porque se basa en los impuestos indirectos (aquellos que no gravan directamente al sujeto del impuesto, sino a una transacción en sí). El ejemplo prototípico es el IVA. Pero no el único. La gran ventaja de este tipo de tributos es que son fáciles de recaudar (baja evasión), pero al costo de ser intrínsecamente inequitativos.
En porcentaje sobre su ingreso, pagan más IVA las clases más desprotegidas que las pudientes. Esto es así porque destinan un porcentaje mayor de su ingreso a consumos básicos, como la compra de alimentos, gravados con el citado impuesto.
Los tributos directos, como el impuesto a las Ganancias (o Bienes Personales), son más progresivos (gravan directamente al sujeto del impuesto, en forma creciente según sus ingresos y patrimonio) y por lo tanto más equitativos. Pero no todo lo que brilla es oro: también son más difíciles de recaudar (mayor evasión).
La paradoja del momento actual es que al Gobierno se le presenta una incipiente rebelión fiscal en uno de los mejores impuestos que tiene el sistema tributario argentino, uno de los más progresivos. Y ello tiene una estrecha correlación con dos desequilibrios que fue incubando el modelo económico en los últimos años: la elevada inflación (que lleva a la necesidad de actualizar el mínimo de Ganancias todos los años), y la ausencia de un colchón de fondos para afrontar un período de vacas flacas que se veía venir.
Una vez que haya pasado el debate actual en torno a Ganancias, tal vez llegue la hora de poner sobre la mesa la necesidad de una reforma tributaria integral. Casi todos los gobiernos enarbolan la reforma impositiva como un slogan en la campaña para llegar al poder, pero una vez allí el sistema genera incentivos para mantener el status quo. El desafío de clase política en el futuro pasará por romper con esa inercia.
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26-06-2012 01:06:33Usuario Invitado
25-06-2012 22:44:55Usuario Invitado
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