Los intelectuales y el poder
08-06-12
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Mario Diament, Periodista
Los intelectuales siempre han sentido una poderosa atracción por el poder. Muchos, como Aristóteles, Machiavelli, Spinoza, Wittgenstein por nombrar a algunos, se dedicaron a pensar acerca del poder, pero la tentación de llevar estas teorías a la práctica de la mano de un régimen afecto consumió a muchos más de los que se supone.
Platón consideró, ilusoriamente, que podría modelar a los tiranos de Siracusa a su particular visión de la república y el rol del gobierno y terminó arrestado, vendido como esclavo y deshonrosamente expulsado.
Dos mil trescientos años más tarde, Martin Heidegger cayó en el mismo error cuando se creyó capaz de imponer su visión de Alemania al incipiente régimen hitlerista. Su quimera no duró más que un año. Cuando retornó a la enseñanza después de su indigno paso por el rectorado de la Universidad de Friburgo, un colega lo saludó, preguntándole con sorna: ¿De vuelta de Siracusa?.
Jean-Paul Sartre fue, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, quien mejor ejemplificó la noción del intelectual comprometido. Su compromiso lo llevó a ignorar los crímenes de Stalin y a justificar atrocidades como la invasión soviética a Hungría y el Gulag, de las que más tarde se arrepintió. Su célebre polémica con Camus fue, precisamente, acerca de la naturaleza del compromiso.
En la Argentina, partir de los años 50, los intelectuales, especialmente los de izquierda, han buscado ocupar un lugar frente a los fenómenos políticos. Casi invariablemente, terminaron por desempeñar un papel marginal.
Sucede que hay algo fundamentalmente incompatible entre la función del intelectual y la del político. El intelectual es, por naturaleza, un pensador, un cuestionador, un inconformista que privilegia las ideas; el político preferencia el poder y su supervivencia por sobre cualquier otra consideración ideológica o moral.
Los regímenes autoritarios y absolutistas, como la Alemania hitlerista y la Unión Soviética de Stalin se valieron de los intelectuales como un vehículo para lograr legitimidad, particularmente durante la fase inicial de su gestión. Pero en cuanto esta necesidad desapareció, también desaparecieron los intelectuales.
Para el momento en que estalló la guerra de España, John Dos Passos era el niño mimado de la izquierda intelectual. Su trilogía U.S.A. fue saludada como uno de los monumentos literarios del Siglo Veinte. La Unión Soviética los ensalzaba y la revista Time le dedicó una tapa comparándolo con con Tolstoy y con James Joyce.
Pero en 1933, Stalin decidió que la vanguardia modernista que había desempeñado un papel fundamental de propaganda en los primeros años de la Revolución, había cumplido su ciclo útil y decidió eliminarla. En el primer Congreso de Escritores Soviéticos, en agosto de 1934, se proclamó la necesidad de imponer el realismo socialista y se denunció la falsedad y la hipocresía de la vanguardia. Como consecuencia, centenares de intelectuales soviéticos fueron eliminados.
La reputación de Dos Passos también cayó víctima del cambio. El Partido Comunista lanzó una virulenta campaña de desprestigio contra el escritor, no solo porque asociaba a Dos Passos con el repudiado modernismo sino porque, más grave aún, éste había comenzado a indagar acerca del el asesinato del dirigente republicano Pepe Robles, ordenado por los soviéticos, según escribe Stephen Koch en su fascinante Punto de quiebre: Hemingway, Dos Passos, y la muerte de José Robles.
Tras desechar a Dos Passos, Moscú decidió elevar la figura de Hemingway, más interesado en construir su propia leyenda que en inmiscuirse en las luchas ideológicas.
La necesidad de compromiso de muchos intelectuales progresistas argentinos, (como los que integran Carta Abierta, pero también muchos periodistas y artistas no afiliados con este grupo) volvió a revitalizarse con la llegada al poder del kirchnerismo. Kirchner creía que era necesario un enemigo en la vereda de enfrente para aglutinar a las fuerzas leales y en el mejor espíritu del setentismo, instaló el maniqueísmo en la realidad nacional: primero el campo y luego la prensa. Su esposa profundizó este enfrentamiento, con sus continuos embates contra la prensa no alineada y más recientemente, con el caso Repsol.
Los intelectuales apostólicos se encolumnaron. La consigna era silenciar la crítica, desprestigiar a todas aquellas voces que se atrevían a disentir con la imagen de la realidad que se promovía desde la Casa Rosada. Tanto empeño pusieron en esta misión redentora, que cambiaron el sentido crítico por la obsecuencia y la rebeldía por la docilidad, todo en nombre de una presunta lucha ideológica.
Tal vez por eso es sintomática la columna que escribió Jorge Fernández Díaz en La Nación, el pasado 20 de mayo, titulada Asoma el desencanto en la vereda kirchnerista.
Sin hacer nombres, Fernández Díaz narra una reunión en un auditorio repleto de intelectuales progresistas que votaron por Cristina, donde uno de ellos, un académico de prestigio internacional que pasó por la función pública, según lo describe, formula una dura crítica al gobierno, afirmando que ha perdido una oportunidad histórica. La audiencia lo aplaude a rabiar y uno comenta: Por fin alguien lo dice con todas las letras.
Sucede que, como la historia lo ha probado repetidamente, el alineamiento incondicional, el apoyo incuestionable, en definitiva, el talibanismo, como lo describe un amigo mío, notorio portavoz de esta línea, es un camino sin retorno.
Si estos intelectuales progresistas, alineados con el gobierno, bienintencionados en su mayoría, se ocuparan de hacer lo que hacen mejor -reflexionar, advertir, impugnar, denunciar la corrupción, la soberbia, el desprecio por la transparencia, la manipulación de la justicia, la campaña contra la prensa no alineada- estarían, sin duda, sirviendo mejor a su compromiso y, por añadidura, a la sociedad argentina.
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13-06-2012 20:42:22Usuario Invitado
13-06-2012 20:38:51Usuario Invitado
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